¿Rebeldía o encanto? ¿Fachadas de colores o de piedra? ¿Arte urbano o arquitectura georgiana? ¿La trasnochadora y alternativa Bristol o la sosegada y novelesca Bath? En el suroeste de Inglaterra, el río Avon une estas dos ciudades físicamente cercanas pero tan particulares y diferentes entre sí, que es inevitable visitarlas y no detenerse en sus contrastes.
BRISTOL
El fuerte viento y la lluvia no empañan la alegría de Bristol. Sus calles están envueltas en una atmósfera joven, repleta de vida, música y arte urbano. La provocación de Banksy se mezcla con sobrias iglesias góticas y remotas crónicas de barcos piratas.
Su historia comienza en el puerto, enclave estratégico desde el siglo XII que convirtió la ciudad en una de las más grandes del país gracias al comercio de mercancías, aunque también de esclavos. De allí partió en 1497 The Matthew, la expedición marítima de John Cabot hacia Norteamérica, y en 1845 el SS Great Britain, primer transatlántico con casco de hierro del mundo, destino a Nueva York.
Aunque el atractivo moderno del puerto lo tengan ahora sus casitas de colores, todavía quedan y se pueden visitar los vestigios de aquella época naviera: hay una réplica del The Matthew, y el SS Great Britain se ha convertido en un impresionante museo. A mí sin embargo se me antojó hacerme la foto con esta barca, que casualmente pasaba por ahí.

Cerca del puerto (y muy bien escondida) se encuentra una de las creaciones más famosas de Banksy: The Girl With Pierced Eardrum. Aunque la identidad del grafitero es desconocida, se sabe que sus inicios fueron en Bristol. Varias de sus obras están repartidas por toda la ciudad: es una aventura ir trepando por las paredes y encontrarlas. Aunque la de Banksy no es la única huella que vi: Bristol es un museo al aire libre de cientos de artistas urbanos.

The Girl With Pearced Eardrum (Banksy) 
Well Hung Lover (Banksy)
Bordear el puerto siguiendo el canal es la forma más sencilla de llegar al casco antiguo, no sin antes parar en Millennium Square para ver su gigantesca bola de espejos y también a Cary Grant, bristoleño de nacimiento.
El centro histórico de Bristol fue reconstruido casi por completo tras la II Guerra Mundial, debido a los daños que ocasionaron los bombardeos alemanes. En la plaza de College Green se encuentra el Ayuntamiento, que se diseñó en 1930 pero no fue construido hasta el final de la guerra. Y a su lado, la Catedral: una reliquia medieval de estilo gótico británico, con su impresionante coro y la preciosa capilla de Elder Lady. Un poco más lejos está la Iglesia de St. Mary Redcliffe, «la más justa y respetable de toda Inglaterra» según la reina Isabel I.
La Universidad de Bristol y el Museum & Art Gallery son también edificios esenciales, pero las mejores vistas de la ciudad se tienen desde lo alto de Cabot Tower, un mirador situado en el parque de Brandon Hill. A todos ellos se puede acceder gratis. Aunque sin duda, la gran construcción se encuentra sobre el río Avon: el puente colgante de Clifton, que con sus 412 metros de largo y 82 de alto tuvo el honor de acoger en 1979 el primer salto de puenting del mundo. Además, cada agosto se tiñe de colores con el International Balloon, su festival de globos aerostáticos.

Visitar monumentos siempre da hambre, incluso a nosotros, los peluches. El mercado de St. Nicholas y los numerosos pubs, cafés y cervecerías que hay entre Queen Square y King Street son una buena opción para comer algo en compañía de una pinta de sidra o de los muchos tipos de cerveza inglesa que hay por esta zona y que todavía estoy aprendiendo a distinguir. El ambiente multicultural y la vida nocturna de Bristol tampoco dejan indiferente a nadie.
BATH
Apenas 20 kilómetros separan Bristol de Bath, una elegante ciudad balneario declarada Patrimonio de la Humanidad. La mejor manera de ir hasta allí es en tren, desde Bristol Temple Meads hasta Bath Spa: se tardan unos 10 minutos y el billete cuesta 8,20£.
Bath fue fundada en la época romana como un complejo termal, aunque antes de su llegada, los celtas, conocedores de las beneficiosas propiedades de sus aguas, ya habían levantado ahí un templo a la diosa Sulis. Hoy en día estos baños romanos son los que mejor se conservan de todo el país. Se puede visitar el yacimiento original y también relajarse a 46 ºC en el Thermae Bath Spa, los baños modernos. Yo al final no me metí, que luego tardo mucho en secarme.

Justo a su lado se encuentra la Abadía, la última gran iglesia medieval construida en Inglaterra. De estilo gótico e impresionantes vidrieras, se puede conocer su historia recorriendo la bóveda y las torres a través de una visita guiada.
Pero aunque Bath cobije estas maravillas romanas y medievales, la ciudad destaca por su estilo georgiano de inspiración neoclásica. Su encanto de postal te invita a recorrer sin prisa sus rincones, desde Abbey Green, donde se encuentra un árbol de 200 años, hasta Pulteney Bridge, uno de los cinco puentes habitados del mundo. Callejear por su centro histórico es transportarse al siglo XVIII y adentrarse en el ambiente refinado de las novelas de Jane Austen quien, por cierto, vivió allí y tiene su propio museo: el Jane Austen Centre.
John Wood padre y John Wood hijo fueron los arquitectos más emblemáticos de Bath. La dotaron de ese color piedra tan característico y dejaron dos de los símbolos georgianos más importantes de Reino Unido: The Circus y The Royal Crescent. En el nº1 de esta plaza se encuentra una lujosa casa de la época, restaurada y reconvertida en un museo que muestra el estilo de vida de la alta burguesía británica del siglo XVIII. John Wood hijo diseñó también las Assembly Rooms, donde se desarrollaban las reuniones y fiestas del momento. De hecho, albergan un salón de baile de 32 metros, el más grande de la época georgiana.
Hoy en día ese ambiente festivo y animado se encuentra también en las principales calles del centro, como Walcot Street o Milsom Street, donde decenas de buskers, cantantes callejeros, amenizan la jornada.



