¿Quién no tiene algún mote o sobrenombre? Alfonso X «el sabio», Juana «la loca», Koali «el viajero»… También las ciudades: Roma «città eterna», París «cité de l’amour», Barcelona «ciudad condal»… Pero en el centro-norte de Italia, en pleno corazón de Emilia-Romaña, existe un lugar con personalidad propia que acumula tres apodos. Bolonia: «la docta», «la gorda» y «la roja». ¿Quieres saber por qué?
La dotta: su universidad
Alma Mater Studiorum, así se llama la universidad más antigua de Occidente, y se encuentra en Bolonia. Se fundó en el año 1088 y durante la Edad Media fue uno de los centros intelectuales más importantes del mundo. Sus aulas acogieron a grandes personalidades como Erasmo de Rotterdam o Nicolás Copérnico, y también a Koali «el viajero» (ese soy yo).
La sede original de la universidad está en el Palacio del Archiginnasio. Allí se encuentran dos lugares que, durante siglos, han sido una referencia para el conocimiento europeo: el Teatro Anatómico y la Biblioteca, donde se conservan cerca de 35.000 manuscritos.

Hoy en día sus facultades están repartidas por todo el centro urbano, y el ambiente de los más de 90.000 estudiantes que cada año se matriculan en la UniBo se deja sentir por toda la ciudad. Aunque, sin duda, la zona de mayor afluencia universitaria es Piazza Verdi. Todo el mundo, a todas horas, bebía cerveza… Pero a mi nunca me llegaron a presentar a Peroni.

Este flujo estudiantil no es nuevo. De hecho, es la causa de uno de los emblemas de Bolonia: sus pórticos, cuya función era sostener las ampliaciones que se empezaron a construir durante la Edad Media para poder hospedar al gran número de universitarios que llegaba de toda Europa.
En el casco antiguo hay en total 38 kilómetros de pórticos con sus respectivos soportales, que te refugian cuando llueve sin necesidad de paraguas. El más largo, de Bolonia y del mundo, mide 3,8 km, tiene 666 arcos, y conduce hasta el Santuario de la Virgen de San Luca. Un buen paseo, menos mal que yo iba en la mochila.
La grassa: su comida
Además de ser un centro de sabiduría, Bolonia es también la mejor «escuela» para aprender la gastronomía italiana. Cuna de la mortadela, los tortellini y el ragú, sus platos tradicionales son un regalo para el paladar y una verdadera constatación de il buon mangiare.
Es de imperiosa obligación acudir a una osteria o trattoria y probar los taggliatelle al ragú acompañados de un buen Lambrusco, típico de la región. Y al caer la tarde, dejarse llevar hasta los muchos bares y cafeterías que ofrecen el aperitivo con una copa de spritz. Todo un ritual italiano.

En pleno centro histórico se encuentra el tradicional mercado del Quadrilatero, un laberinto de antiguas callejuelas repletas de pescaderías, fruterías, charcuterías y tiendas de toda la vida con una amplia variedad de productos. En cualquier rincón se puede saborear también una piadina, un helado o un buen trozo de pizza. En Bolonia comer mal no es una opción. Y salir de allí de otra forma que no sea rodando, tampoco.

La rossa: sus edificios
Si hay un color para una ciudad de arquitectura medieval como Bolonia, es el rojo. Mires donde mires, siempre verás paredes de ladrillo y tejados de terracota tiñendo su casco antiguo, tan bien conservado que es fácil transportarse a aquel entonces. Palacios, iglesias, y especialmente torres, levantadas como símbolo de poder, aunque de estas últimas solo sobrevive una veintena de las cerca de cien que hubo en su momento.
Le Due Torri, las más famosas y símbolo de la ciudad, tienen nombre propio: la Torre degli Asinelli y la Torre Garisenda. Con sus 97 metros, la Asinelli es la torre medieval más alta del mundo, y desde la cima de sus 498 escalones la panorámica de la ciudad es inigualable (aunque la leyenda dice que no deberías subir si aún no te has graduado). La Garisenda también tuvo su momento de fama en La Divina Comedia de Dante. Asombra su inclinación de 3,2 metros con respecto a la vertical, casi tanto como la Torre de Pisa.


El ladrillo se impone incluso en la Basílica de San Petronio, cuya fachada de mármol nunca llegó a terminarse. El templo empezó a construirse en 1390 como un proyecto de «la catedral más grande del mundo», superando a la de San Pedro en Roma, lo que no hizo mucha gracia al Papa Pio IV. A lo largo de su historia, las obras se interrumpieron y se retomaron varias veces sin encontrar una solución definitiva, dejando finalmente esta peculiar estética.

Además, a Bolonia se la conoce como «roja» también por otros motivos. Por su pasado político, históricamente de izquierdas: fue núcleo de la resistencia partisana y del Partido Comunista Italiano (que gobernó la ciudad desde 1946 hasta 1999, aunque rebautizado como socialdemócrata en sus últimos ocho años). Y por ser la tierra de los «motores rojos»: alberga el museo y la fábrica de Ducati, y la de Ferrari está cerca.
Pues esto es todo lo que este campechano peluche puede aportar sobre la riqueza cultural, gastronómica y arquitectónica boloñesa. Si te ha sabido a poco (igual que los tortellini), no te preocupes porque hay más. Bolonia tiene 7 secretos muy bien guardados, ¿quieres conocerlos?
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